Llegó con tanta prisa que creí que iba a tropezar con el primer mueble que le saliera al paso, venía no sé si eufórica, nerviosa o simplemente descentrada. En ese momento estaba yo dándole un repaso al artículo tan comentado del semanario inglés “The Economist”, el titulado Unsustainable. No es que haya ninguna novedad ni nada de lo que se no se haya hablado aquí y en mucha prensa de España, aunque si resume muchos aspectos relevantes de nuestra maltrecha economía. Califica a nuestro país como un paciente achacoso y grave, con problemas económicos de dimensiones tan considerables que lo hacen verdaderamente insostenible.
Precisamente Olga quería hablar de ese asunto, pues ya había oído hablar del mismo y me dijo:
—Hoy el Gobierno de Rodríguez Zapatero presenta la Ley de la Economía Sostenible, que dicen, está diseñada para que España salga de la crisis, y que contempla medidas para promover la inversión en las energías renovables y en alta tecnología. ¿Será así?
—Mira, estas cosas tienen buena música, suena bien, pero al final todo es tan vacío como un sonido: humo, aire. A mi juicio, una reforma laboral clara y sustancial sería algo mucho más beneficioso para salir del brete en el que estamos metidos. Recuerda que nuestra competitividad está bajo mínimos fiel reflejo de nuestra productividad. Hay mucha ineficiencia en nuestro sistema laboral, muchos contratos que son auténticos blindajes de protección a gente ineficiente, y sin embargo no hay una política seria de incentivos para formar, de verdad, a los trabajadores jóvenes.
Olga –como siempre– pone gran interés en todo lo que le digo y siempre, también, hace preguntas muy acertadas y oportunas. Ella dijo:
—Todo da la impresión de que nosotros estamos sufriendo, y vamos a seguir padeciendo, la crisis más que ningún otro país europeo, ¿no?
—Probablemente sea así, a nosotros nos perjudicó mucho el optimismo patológico de Rodríguez Zapatero y sus ministros, negando la crisis cuando ya era un hecho, y el no haber tomado oportunamente las riendas con una serie de medidas de emergencia que hubiesen podido paliar los efectos de la crisis, al menos un poco. Según mi particular criterio, la muestra más evidente de la gravedad de nuestra crisis es que la tasa de paro ha superado unas décimas el 19%, la segunda más alta de la UE después de Letonia, aunque ya sabes que a mí no me gustan las comparaciones y compararnos con Letonia tiene muy poco sentido, pues este país es muy pequeño, que no llega a los tres millones de habitantes, con un PIB muy inferior al nuestro y está sufriendo los efectos de una difícil transición a la economía de mercado. Debes tener en cuenta que el paro por sí mismo es un parámetro de lo más negativo, porque cuesta dinero al Estado, en impuestos perdidos y otros beneficios, y porque se traduce siempre en morosidad sobre las hipotecas y en un mayor control del gasto particular y empresarial.
—¿Entonces tú no crees que la recuperación haya comenzado como dijo hace unos días Zapatero? —inquirió mi amiga.
—No. No, lo creo. Es más, creo que tardará en producirse más de lo deseado, y pienso que todavía van a suceder cosas en la economía mundial que van a retrasar más esa pretendida recuperación con la que sermonea Zapatero a sus prosélitos. Fíjate en las últimas noticias sobre el emirato árabe de Dubai, allí acaban de aparecer graves problemas financieros en la Dubai World y estos problemas aparecen justo cuando muchas empresas españolas –cerca de mil– intentan reforzar su presencia en ese país. Las hay de construcción, las hay farmacéuticas, de la moda y también empresas energéticas, que se han instalado en los últimos años.
—¿Tú crees que el paro seguirá aumentando? —preguntó con cara de preocupación.
—Sí. Es muy posible que haya un nuevo incremento del desempleo, sobre todo en lo que respecta a las PYMES de pocos empleados, y será a causa de las leyes laborales y, desde luego también, a la falta de crédito. Estas pequeñas y medianas empresas tienen grandes probabilidades de entrar en quiebra debido al proteccionismo del número de empleados indefinidos que tengan, y a la inflexibilidad de los convenios colectivos siempre al alza.
Se puso muy seria, arrugó la frente y dijo:
—Pero… ¿Europa no nos echará una mano para salir de este lío?
—Vamos a ver, esto ya lo he escuchado varias veces en estos días. Hay gente –yo creo que de modo ingenuo– que piensa que al final, y cuanto ya esto se aproxime al caos, nos va a auxiliar caritativamente. No opino así, la UE no es una sociedad filantrópica de países y ahí cada uno carga su propio saco. Mira, los dos tercios de las exportaciones españolas tienen como destino Europa, ¿vale? Es decir de cada tres cosas que fabricamos o producimos dos nos las compra la UE. Pero eso no quiere decir “comprar a cualquier precio ni de cualquier modo”. La comunidad de países nos comprará siempre que cumplamos exigencias –como mínimo de calidad y precio– y si por nuestra baja productividad y por la falta de competitividad no somos capaces de responder, como mínimo, en calidad y precio, entonces no nos comprarán, y esa es –no te quepa la menor duda– la máxima ayuda que podemos esperar de Europa —hice una pequeña pausa para tomar un respiro y añadí—: si vendemos con calidad, precio, diseño, servicio, etcétera, entonces comprarán, y esa será la ayuda que nos darán.
Como no se le escapa ni una, insistió en algo que dije antes:
—Antes comentaste que igual que lo de Dubai de ayer o anteayer, ocurrirán otras cosas que afectarán a la situación económica de España y del mundo, ¿a qué cosas te refieres?
Me quedé admirada de su perspicacia y le dije:
—No soy pitonisa ni nada que se le parezca pero según lo que percibo, y que sé que perciben otras muchas personas, nos encontramos en una situación de gran desequilibrio e inestabilidad; en lo político, en lo económico, en lo social y en lo cultural, estamos en una encrucijada en donde entran en conflicto muchas fuerzas y con mucha energía, por eso no podemos predecir nada de lo que puede suceder a corto y medio plazo, pero sí sabemos que han de suceder muchas cosas aún.
—Y mucho de eso que sucederá no será bueno… ¿no?
—Así lo temo, sí…
Crisol T.

Desde hace semanas es noticia dos hechos políticos de carácter municipal que por su escasa incidencia y su menor concurrencia nos tienen muy entretenidos. Por un lado, la bajada de impuestos, algo extraordinario que no sucedía –según dicen– en los últimos 20 años. El otro asunto llamativo es la congelación de sueldos de los miembros de la Corporación Local.
Cuando Olga bajó esa tarde a casa yo no estaba, y entonces aprovechó para preguntar a Héctor varias cosas para adelantar en sus conocimientos, como ella suele decir. Mi marido siempre se queda un poco perplejo por las preguntas de mi vecina, él dice que nunca se las espera y que le cogen siempre tan de improviso que a veces no sabe muy bien qué contestarle. Por lo visto hoy le interrogó sobre las discrepancias de opinión entre los economistas, inquirió sobre las posiciones totalmente opuestas de muchos de ellos y se preguntaba el por qué de tanto desacuerdo. Dijo que no comprendía que si la economía es una ciencia cómo hay tanta disparidad de criterios en su seno.
Mañana no tengo mucho tiempo para escribir y hoy quería adelantar un poco, estoy algo atrasada y tengo varias conversaciones con Olga que transcribir, además deseo contar algo del monje amigo con el que he tenido varias conexiones estos días por Internet.
Hoy fui yo la que subí a casa de Olga, a pedirle un poco de vino blanco para un guiso de carne que estaba haciendo. Me recibió con algún aspaviento que otro diciéndome que ella me lo hubiese llevado gustosa a casa si la hubiese llamado. La verdad es que estaba sola en casa, Héctor había ido a unas lecciones de golf que toma un par de veces a la semana, y tenía ganas de charlar con alguien. Me llenó el vasito que llevaba e inmediatamente dijo:
Cuando llegó Olga nos pusimos a conversar en el balcón de casa viendo el ajetreo de la calle. El otoño proporciona un paisaje espléndido y multicolor en El Puerto. Es curioso observar como visten las gentes, las hay que van casi de invierno riguroso y otras van con tan ligero atuendo que parece como si estuviésemos aún en pleno verano. Los turistas llevan ropajes inverosímiles combinando pantalones cortos y sandalias frailunas con gruesas sudaderas de algodón. Es corriente ver a muchos que llevan una ligera mochila a la espalda y un pequeño paraguas como símbolo de previsión. Estuvimos recordando cosas del padre Horst y le comenté que me había escrito una nota en la que decía que tenía la sospecha de que lo iban a mandar al Japón otra vez y que no le importaba para nada regresar a su querida región de Miyagi en donde está
He estado unos días sin escribir –en una especie de barbecho– pero ya echaba de menos la pluma y el papel. Entre que no me sentía con ganas con este calor retrasado que nos ha regalado el otoño, y uno de esos molestos achaques que acompañan a la edad, me han tenido alejada del contacto con mis amables lectores.