Cuando Olga bajó esa tarde a casa yo no estaba, y entonces aprovechó para preguntar a Héctor varias cosas para adelantar en sus conocimientos, como ella suele decir. Mi marido siempre se queda un poco perplejo por las preguntas de mi vecina, él dice que nunca se las espera y que le cogen siempre tan de improviso que a veces no sabe muy bien qué contestarle. Por lo visto hoy le interrogó sobre las discrepancias de opinión entre los economistas, inquirió sobre las posiciones totalmente opuestas de muchos de ellos y se preguntaba el por qué de tanto desacuerdo. Dijo que no comprendía que si la economía es una ciencia cómo hay tanta disparidad de criterios en su seno.
Héctor comenzó a responderle con una pequeña disertación sobre las diferencias entre las ciencias, hablándole sobre las ciencias fácticas que se dividen en naturales y sociales, que las ciencias naturales se dedican al estudio de procesos, cambios y transformaciones de la materia tal como se presenta en la naturaleza. En tanto que las Ciencias Sociales estudian las relaciones de los hombres entre sí. Le dijo que entre las ciencias sociales se encuentran la sociología, la antropología, la historia, la psicología social y, por supuesto, la economía. Le citó también las llamadas ciencias formales diciéndole que son aquellas que operan según el razonamiento lógico y trabajan con ideas creadas por la mente. Le explicó que las ciencias formales crean su propio objeto de estudio y que su método de trabajo es el lógico inductivo, con todas sus variantes. De ahí pasó a contarle que la Economía como ciencia ha avanzado mucho hacia la incorporación de elementos de carácter formal en los últimos años y que se ha producido una matematización en muchos casos exagerada e irrelevante a efectos prácticos. Le dijo que a él le seguía gustando la economía tal como la definía Alfred Marshall como el estudio de la humanidad en la conducta de su vida cotidiana, actualizando esa definición con algunos matices.
Cuando yo llegué, inmediatamente Olga me apuntó y disparó:
—Crisol, ¿por qué hay tanta disparidad de criterio entre los economistas?
No me dejé amilanar por su rápida pregunta y le contesté así:
—A bote pronto se me ocurren por lo menos tres razones, la primera sería la del compromiso político. Creo que aquellos que tienen una afinidad política determinada orientan sus conclusiones hacia esas ideas. La segunda debe ser la del interés personal, ¿tú crees que alguien cuya remuneración dependa de una gran institución financiera la pondrá en peligro expresando ideas contrarias a las que allí se sustentan? Me cuesta mucho pensar que ese economista vaya a coincidir con las ideas y opiniones de uno que esté trabajando, por ejemplo, para los sindicatos, ¿no crees?
—¿Cuál es la tercera? Me has dicho dos nada más —apostilló Olga.
—Quizá la tercera sea lo que yo denominaría “estatismo intelectual” y me refiero al de aquellos que aprendieron una serie de cosas e ideas en su facultad y siguen metidos en esa ortodoxia para los restos. Esto se relaciona con lo que quizás podría ser una cuarta razón para explicar los desacuerdos entre los economistas: la dificultad de adaptación a los cambios.
—A ver. Explícame un poco más esto último.
—Mira. La economía es una ciencia muy evolutiva y en continuo cambio, cosa que no ocurre, por ejemplo, en las ciencias naturales. La economía evoluciona, porque los mercados cambian, las empresas, la actitud de los consumidores, los sindicatos… cambia también muchísimo el papel que los gobiernos juegan ella; todo esto genera nuevas informaciones y nuevas interpretaciones y aquí es donde aparecen, otra vez, discrepancias. ¿Lo ves ahora?
—¡Jo! ¡Qué buena ‘maestra’ eres! —dijo riéndose con un poquito de sorna.
De inmediato le contesté:
—¡Si me tuvieses que pagar estas clases ya verías lo buena ‘maestra’ que soy! —exclamé entre risas.
Crisol T.
Mañana no tengo mucho tiempo para escribir y hoy quería adelantar un poco, estoy algo atrasada y tengo varias conversaciones con Olga que transcribir, además deseo contar algo del monje amigo con el que he tenido varias conexiones estos días por Internet.
Hoy fui yo la que subí a casa de Olga, a pedirle un poco de vino blanco para un guiso de carne que estaba haciendo. Me recibió con algún aspaviento que otro diciéndome que ella me lo hubiese llevado gustosa a casa si la hubiese llamado. La verdad es que estaba sola en casa, Héctor había ido a unas lecciones de golf que toma un par de veces a la semana, y tenía ganas de charlar con alguien. Me llenó el vasito que llevaba e inmediatamente dijo:
Cuando llegó Olga nos pusimos a conversar en el balcón de casa viendo el ajetreo de la calle. El otoño proporciona un paisaje espléndido y multicolor en El Puerto. Es curioso observar como visten las gentes, las hay que van casi de invierno riguroso y otras van con tan ligero atuendo que parece como si estuviésemos aún en pleno verano. Los turistas llevan ropajes inverosímiles combinando pantalones cortos y sandalias frailunas con gruesas sudaderas de algodón. Es corriente ver a muchos que llevan una ligera mochila a la espalda y un pequeño paraguas como símbolo de previsión. Estuvimos recordando cosas del padre Horst y le comenté que me había escrito una nota en la que decía que tenía la sospecha de que lo iban a mandar al Japón otra vez y que no le importaba para nada regresar a su querida región de Miyagi en donde está
He estado unos días sin escribir –en una especie de barbecho– pero ya echaba de menos la pluma y el papel. Entre que no me sentía con ganas con este calor retrasado que nos ha regalado el otoño, y uno de esos molestos achaques que acompañan a la edad, me han tenido alejada del contacto con mis amables lectores.
Cuando Olga bajó a casa enseguida me preguntó por el padre Seehofer, pues hacía varios días que no le daba noticias de él. Le dije que esta mañana había estado un rato largo charlando con el cura y que estaba en el
El día ya era otoñal, unas intensas nubes grises cubrían el cielo y me dispuse a no salir de casa en toda la jornada. Haría varias cosas que tenía pendientes, una de ellas era intentar hablar por el ordenador, con el “Skype”, con el padre Horst, pues hacía varios días que no sabía nada de él. También quería hacer unos gráficos para mostrárselos a Olga cuando viniese por la tarde.
No hay día que no nos embargue la duda sobre si el Gobierno sabe lo que hace o está improvisando. Cuando ya todos sabemos que se va a producir una subida de impuestos, el Ejecutivo está sopesando en qué parte de nuestro patrimonio va a meter la tijera, y así un día nos dice una cosa y otro nos asusta con más posibilidades. Entretanto, nos tiene en una zozobra permanente.