Me quedé unos instantes mirando mi teléfono móvil, definitivamente tendré que cambiarlo por algún otro de esos que tienen las letras enormes y se pueden leer bien. El actual tiene unos caracteres muy pequeños –al menos para mí– y leer un mensaje me cuesta un trabajo impropio. Después de hacer visajes y carantoñas pude descifrar lo que decía. Era de Olga y me pedía en él que charlásemos esta tarde algo sobre el documento que el gobierno expelió el pasado viernes con el pompático título de “Líneas de actuación en el mercado de trabajo para su discusión con los interlocutores sociales en el marco del diálogo social.”
Les juro que el dichoso título ya me echa para atrás, y son catorce páginas. Veré que puedo hacer. Imprimiré el documento e intentaré leerlo con la máxima atención. A este tipo de manojos de papeles, les tengo aprensión, en mi vida profesional tuve que leer muchos y escribir también bastantes y me producen, generalmente, urticaria. Pero antes le preguntaré a Héctor por si ya lo ha leído. Creo que esos textos se escriben con la intención de disuadir a cualquiera de su lectura.
Cuando le pregunté a mi marido por el documento de las “Líneas de actuación…”, me puse en guardia porque la cara que puso no era de buen augurio. Hizo un gesto encogiendo los labios y arrugando la frente quedándole los ojos como atrapados en la cara. No lo supe interpretar bien, pudiera ser que con aquel extraño gesto hubiese querido expresar pena, asco, desprecio… No le pregunté más, sabía que aparte de la rara mueca poco más le sacaría.
Leí con rapidez la primera vez –puse el turbo de las 1000 palabras/minuto– saltándome el introito pues sé que las dos primeras páginas son siempre las de las chorradas. Terminé en poco menos de 6 minutos… no me enteré de nada. Me dije: “A ver Crisol, ahora un repasito lento al texto, tranquila. Cálmate”. Volví a los papeles pero ahora despacio y con el rotulador en la mano derecha. Tardé más tiempo, más del doble, y dejé sobre los papeles algunas líneas rojas.
Olga llegó puntual, le abrió la puerta mi marido y le dijo con sarcástica sonrisa:
—¡Prepárate para el rollo de hoy!
Ella sonrío también y enseguida me preguntó:
—¿Qué tal ese documento de reforma laboral?
Me pasé la mano por los ojos y las moví hacia la frente. Le contesté:
—Hubiese preferido que me preguntases cualquier otra cosa. No me complace nada leer esos párrafos llenos de generalidades. La vacuidad de esos escritos me aburre soberanamente. En esos catorce folios no hay nada, están vacíos. Habrá que esperar a que se plasmen en algo más concreto, esto es una estrategia política para ganar tiempo aunque el tiempo ya va jugando muy a la contra y las posibilidades de salir con dignidad de la crisis se van agotando, las cosas se van poniendo cada vez más feas. Aquí se está gestando una maniobra, un acuerdo que convenga a los intereses de las partes del impropiamente llamado “diálogo social” y poco más.
—¿Por qué dices lo de “impropiamente”? —inquirió Olga.
—Muy sencillo. Los sindicatos representan a un escaso 10% de los trabajadores y parece que representan mucho más a los intereses del propio gobierno que a los propios trabajadores. El Sr. Díaz Ferrán quizás representa a un porcentaje menor de empresarios. Yo me pregunto, ¿quién representa a los casi 8.300.000 pensionistas de este país? ¿No somos una entidad social y deberíamos estar representados en ese manido “diálogo”? ¿En virtud de qué razón política se nos margina?
Olga arrugó el ceño pensativa y exclamo:
—¡Es verdad! ¡Nadie piensa en eso! Los pensionistas parecen que son sólo fuerza votante a la que hay que tratar de movilizar cada cuatro años y a jugar con ellos con el miedo a las pensiones.
—Bueno, pero no era esto de lo que querías hablar. Estábamos en el susodicho documento del gobierno lleno de ambigüedad —hice una breve pausa y proseguí diciendo—. Poco he podido encontrar, declaraciones de intenciones, eso sí.
Mi vecina insistió:
—Pero… ¿Hay algo que te haya llamado la atención? ¿Algo que permita ver por dónde van a ir las cosas?
—Mira, por ejemplo, en algún lugar se dice que habrá prioridad para el empleo de jóvenes y que se colaborará para ello con las CC.AA. Muy bien, ¿cómo se hará eso? Pues nada, no se concreta nada. En otro sitio dice que se tratará de incrementar la “flexibilidad interna en las empresas” cosa que no sé qué quiere decir, y que se cambiará la forma de “negociación colectiva”, ¿cómo? No se sabe.
—Creo que también se alude en el documento a algo respecto a reformar y fomentar la reducción de la jornada del ajuste temporal del empleo. Es decir, el cacareado modelo alemán del que se ha hablado bastante.
—Sí, Kurzarbeit es una palabra que se suele escuchar mucho en Alemania cuando las cosas se ponen mal. Se trata de la reducción de las horas de trabajo de los empleados de una empresa, con la consiguiente rebaja de sus honorarios.
—¿Consiste en trabajar dos o tres días a la semana? —pregunto Olga.
—Se aplica de maneras muy diferentes, según las empresas y las circunstancias de cada una, hay empresas a las que conviene más que los afectados trabajen dos semanas a tiempo completo y luego que tengan dos semanas de inactividad.
—¿Cualquier empresa puede adoptar ese sistema?
—No sé como se hará aquí, el documento de marras no dice nada de eso, pero en Alemania se pueden acoger a este sistema todas las empresas que hayan perdido por la crisis más del 10% de la ganancia mensual. Una empresa tiene 18 meses de tope máximo, más de este tiempo no puede estar acogida al Kurzarbeit.
—¿Y cómo es allí el asunto del salario de estos empleados?
—Supón que mientras dura el tiempo de jornada reducida en empleado tiene que trabajar solamente el 40% de las horas normales. Entonces la empresa pagará solamente el 40% de los honorarios y la Bundesagentur für Arbeit (Agencia Federal del Trabajo) le paga el 67% del sueldo neto perdido.
—¿Se aplicará así aquí? —preguntó Olga con algo de incredulidad en su rostro.
—Creo que será muy difícil de aplicar de esa forma, la estructura de los convenios colectivos de aquí puede ser una complicación grave. Lo que va bien en Alemania no tiene porque ir aquí de la misma manera.
—¿Funcionará?
—¡Sólo Dios lo sabe!
Crisol T.






