Decidimos irnos un poco antes, el día prometía ser muy caluroso y no deseábamos padecer con las altas temperaturas que se preveían. Queríamos pasear por la playa de Santa Catalina. Después de aparcar en la zona donde se encontraba el antiguo manantial –aún recuerdo su agua clara y fresca– nos dirigimos hacia la parte de la depuradora dejando a nuestra derecha la playa de Fuentebravía. Allí hay un bien empedrado paseo interrumpido por un derrumbe de arena y piedras. Justo delante del derrumbamiento, una escalera de madera nos permite bajar cómodamente a la playa; rápidamente nos acercamos a la orilla.
Mi amigo Horst enseguida se mete en el agua casi hasta la cintura, él no tiene frío nunca. A mí la primera impresión que me da el agua salada siempre es de muy fría y retrocedo en cuanto me mojo un pie, aunque sea pleno agosto.
Dejamos el coche en el aparcamiento que hay al final del paseo José Luís Tejada, ya metido en la playa de La Puntilla; estaba casi vacío cuando llegamos, sólo faltaban unos pocos minutos para las nueve de la mañana.
Hoy bajó con su típico estado de excitación, dice que había estado pensando en cosas sobre la bolsa y que estaba entusiasmada con aprender más sobre el asunto, y que le gustaría hacerlo con rapidez. Hube de frenarla en sus ardorosos deseos de adquirir conocimiento y recomendarle paciencia, perseverancia y organización. Bromeé con ella diciéndole que no se podría convertir en una reputada agente de cambio y bolsa de la noche a la mañana, al momento me pregunto:
Hoy me sorprendió, no esperaba su salida por ahí. Olga me dijo:
Se me ocurrió preguntarle a Horst si le parecía buena idea que fuésemos todos los días a pasear por alguna de nuestras playas; un día a Valdelagrana, otro a la Puntilla… Le dije que sería conveniente ir a hora temprana con el sol aún no muy fuerte. Salir de casa de ocho y media a nueve menos cuarto, para que a las nueve en punto estemos ya caminando por la orilla. Le pareció estupendo y quedamos para comenzar los paseos al día siguiente.
Olga había estado uno días fuera y me llamó enseguida que llegó porque estaba deseando conocer al pater Horst y hablar con él. Me daba mil justificaciones, y le contesté que no hacía falta que me explicase nada, que sabía que le encantaría conocer al monje y que tenía previsto que se viniese a comer a casa, que la invitaba. Le dije que a las dos y media era buena hora pero a las dos menos veinte ya estaba en casa. Entró hablando bajito y casi agachada como si no quisiese hacer ni el más mínimo ruido, le indiqué que no fuese exagerada y que Horst estaba en su habitación, probablemente ocupado en sus oraciones de las horas canónicas –quizás adelantando los rezos de la hora nona– o estaba enredado con alguna de sus lecturas. Se ofreció a ayudarme en la cocina y le comenté que ya estaba casi todo preparado. En ese justo momento apareció Horst en la cocina y le presenté a Olga, dijo que ya la conocía por mis escritos y que estaba encantado, que era un honor y gran placer para él conocerla; mientras, acompañaba todas sus palabras con la más gentil de sus sonrisas. Olga casi enmudeció de satisfacción, y eso de que ella enmudezca es raro, bastante raro.
Horst nos ha hablado de muchas cosas, de Japón; de Senday la ciudad en la cual residió más tiempo, conocida como la “Ciudad de los Árboles” a unos trescientos kilómetros al norte de Tokio, en la región de Tohoku, y de poco más del millón de habitantes. Es una ciudad, Senday, netamente industrial, a su alrededor hay muchas empresas, particularmente electrónicas, de electrodomésticos y de procesado de alimentos. Nos ha contado cosas de su dispensa especial que le permite viajar bastante y no estar sometido a todas las exigencias de la regla de San Benito, aunque sí a la síntesis de toda ella que es la célebre frase “Ora et labora”, que expresa que la vida del monje ha de ser de contemplación y de acción.
Hemos recibido en casa una visita importante: un monje alemán, pero además de fraile benedictino es economista, y por si fuera poco, maestro Zen. Bueno, lo principal es que además de tener un currículum impresionante es un excelente y muy querido amigo. Pasará unos días de verano aquí con nosotros; le hemos invitado muchas veces al Puerto pero él nunca ha tenido tiempo de estar más de dos días. Nos conocimos hace muchos años –quizás debería decir muchísimos– cuando éramos pos-adolescentes, en la universidad. Después perdimos un poco el contacto cuando su orden le envió a Japón, allí permaneció bastante tiempo, tiempo que él califica –en su perfecto español con un leve tono bávaro– de época muy fecunda.