Hemos recibido en casa una visita importante: un monje alemán, pero además de fraile benedictino es economista, y por si fuera poco, maestro Zen. Bueno, lo principal es que además de tener un currículum impresionante es un excelente y muy querido amigo. Pasará unos días de verano aquí con nosotros; le hemos invitado muchas veces al Puerto pero él nunca ha tenido tiempo de estar más de dos días. Nos conocimos hace muchos años –quizás debería decir muchísimos– cuando éramos pos-adolescentes, en la universidad. Después perdimos un poco el contacto cuando su orden le envió a Japón, allí permaneció bastante tiempo, tiempo que él califica –en su perfecto español con un leve tono bávaro– de época muy fecunda.
Es un hombre alto, de pelo plateado abundante, con una inamovible sonrisa. Ojos claros y penetrantes. Tez curtida por los años. Debe andar por los sesenta y cinco o alguno más pero por su delgadez y musculatura representa bastantes menos. Imagino que lo de ser fraile y célibe influirá también, pero eso no se lo preguntaré. Se mueve de una forma peculiar, más bien se diría que flota, da sensación de estar siempre a punto de levitar, pero eso quizás sean impresiones mías. Es buen comedor y es un placer verle en la mesa, todo le gusta y agradece. Conversar con él es algo inolvidable, su cultura es tan amplia y vasta que siempre depara enormes sorpresas.