18
jul
09

Olga conoce al monje

japon-economiaOlga había estado uno días fuera y me llamó enseguida que llegó porque estaba deseando conocer al pater Horst y hablar con él. Me daba mil justificaciones, y le contesté que no hacía falta que me explicase nada, que sabía que le encantaría conocer al monje y que tenía previsto que se viniese a comer a casa, que la invitaba. Le dije que a las dos y media era buena hora pero a las dos menos veinte ya estaba en casa. Entró hablando bajito y casi agachada como si no quisiese hacer ni el más mínimo ruido, le indiqué que no fuese exagerada y que Horst estaba en su habitación, probablemente ocupado en sus oraciones de las horas canónicas –quizás adelantando los rezos de la hora nona– o estaba enredado con alguna de sus lecturas. Se ofreció a ayudarme en la cocina y le comenté que ya estaba casi todo preparado. En ese justo momento apareció Horst en la cocina y le presenté a Olga, dijo que ya la conocía por mis escritos y que estaba encantado, que era un honor y gran placer para él conocerla; mientras, acompañaba todas sus palabras con la más gentil de sus sonrisas. Olga casi enmudeció de satisfacción, y eso de que ella enmudezca es raro, bastante raro.

Les dije que la mesa estaba puesta y que fuesen al comedor a conversar, que allí estaba mi marido, mientras yo ultimaba las cosas para la comida.

Al cabo de unos minutos entré en el comedor para algo y oí al cura que decía:

—… Japón adoptó, y ha venido emulando, los métodos técnicos e industriales de occidente, alcanzando unos muy sorprendentes indicadores de crecimiento económico. Al comienzo de los años 80 daba la impresión que adelantaría incluso a los americanos. Sin embargo, a finales de esa misma década, y cuando las economías de USA y de los países europeos proseguían el avance y entraban en su época de expansión más prolongada, el Japón se quedó parado… y ha estado paralizado desde aquella época.

Como imaginé, Olga ya había empezado a interrogarlo sobre economía. Ella le preguntó:

—¿Hay algún problema más o menos concreto del sistema económico japonés al que se pueda responsabilizar de los sucedido allí?

Me quedé en la puerta del comedor con una bandeja en las manos, esperando la respuesta de Horst, que le dijo:

—Como podrás imaginar hay casi un número infinito de estudios y teorías que han tratado de explicar el fenómeno económico allí ocurrido, e incluso  alguno de esos estudios concluye en que todo ha sido debido a la inescrutable mentalidad de los habitantes del país.  Muchos expertos ha señalado que la raíz del problema ha estado y está en la propensión de los bancos japoneses a realizar préstamos de dudoso cobro.

—¿Igual que en la crisis occidental de ahora? ¿Usted cree eso?kanji-jkd3

Horst contestó rápido:

—No. No creo que esté ahí el origen de todo, pienso que economistas occidentales del pasado, como Keynes y Karl Marx, hubiesen tenido muy pocas dificultades para diagnosticar la causa principal del problema japonés, y creo que muy probablemente habrían llegado a la misma conclusión  —respiró hondo e hizo una larga pausa—. El problema ha sido… el ahorro. Los hogares japoneses ahorran alrededor de un 30% de sus ingresos disponibles, mientras que aquí en occidente se ahorra bastante menos de una décima parte.

Les interrumpí para decir:

—Me interesa mucho esto que estáis hablando, ¿me queréis esperar un momento a que termine y sirvamos la comida?

Mis palabras de interrupción les provocó una carcajada y asintieron a mi petición. Mi marido levantó la vista por encima del periódico como diciendo: ¡cosas de ella!

Ya comiendo, y antes de que yo pudiese pedirle a Horst que siguiese hablando de la teoría sobre el ahorro de los japoneses, Olga, que estaba expectante le preguntó:

—¿Cómo se nota allí esta larga crisis que sufre Japón?

Horst se limpió levemente los labios con su servilleta, hizo un pequeño silencio y dijo:

—Probablemente si fueseis a Japón ahora, no os veríais sorprendidos por ningún tipo de miseria de sus habitantes, si excluimos un pequeño porcentaje de gente que ha perdido su puesto de trabajo. Al contrario, parece existir un alto grado de satisfacción. La sociedad japonesa no da ninguna sensación de encontrarse al borde del colapso ni nada parecido. Sino que da la impresión de que se va adaptando a una situación de la cual están absolutamente seguros que saldrán —me miró con su fuerza habitual y dijo—: ahora será mejor que comamos con calma y ya continuaremos hablando de todo esto.

Mi marido asintió con la cabeza.

Crisol T.


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