Decidimos irnos un poco antes, el día prometía ser muy caluroso y no deseábamos padecer con las altas temperaturas que se preveían. Queríamos pasear por la playa de Santa Catalina. Después de aparcar en la zona donde se encontraba el antiguo manantial –aún recuerdo su agua clara y fresca– nos dirigimos hacia la parte de la depuradora dejando a nuestra derecha la playa de Fuentebravía. Allí hay un bien empedrado paseo interrumpido por un derrumbe de arena y piedras. Justo delante del derrumbamiento, una escalera de madera nos permite bajar cómodamente a la playa; rápidamente nos acercamos a la orilla.
Mi amigo Horst enseguida se mete en el agua casi hasta la cintura, él no tiene frío nunca. A mí la primera impresión que me da el agua salada siempre es de muy fría y retrocedo en cuanto me mojo un pie, aunque sea pleno agosto.