He estado unos días sin escribir –en una especie de barbecho– pero ya echaba de menos la pluma y el papel. Entre que no me sentía con ganas con este calor retrasado que nos ha regalado el otoño, y uno de esos molestos achaques que acompañan a la edad, me han tenido alejada del contacto con mis amables lectores.
Olga me ha llamado varias veces para conversar de nuestras cosas de economía pero le he ido dando largas; hoy la llamé yo para decirle que bajara con sus preguntas preparadas. Mi marido, Héctor, también estaba extrañado y todos estos días me ha dirigido las mismas preguntas varias veces al día: ¿Has escrito algo? ¿Has escrito alguna cosa más?
Hoy me siento bien y me ha parecido un día estupendo para proseguir con mis escritos y hablar con Olga sobre el tema que ella propuso: la economía sumergida.
Empecé diciéndole:
—La economía sumergida es un ámbito que plantea enormes dificultades de análisis, apreciación y estimación. Una cosa es la producción o renta que alcanza un país en un determinado período de tiempo, un año por ejemplo, y otra es la que está plasmada en las estadísticas.
Mi amiga, impaciente por naturaleza, antes de haber pronunciado la última palabra ya me está lanzando otra pregunta:
—Las tareas que las mujeres hacemos en casa, ¿es economía sumergida?
—No. En realidad –y quizás lamentablemente– nuestras labores no se contemplan en el PIB y por tanto en la economía, ya que esa actividad no tiene mercado y entonces está al margen de las estadísticas. Observa que es muy difícil de cuantificar y evaluar. Básicamente hay dos clases de economía subterránea. Una, la de aquellas actividades que pudiendo ser perfectamente legales por su naturaleza se esconden premeditadamente a las autoridades económicas, y otras, las que tienen que ver con la producción de bienes y servicios que están al margen de la ley.
Olga estaba atenta a lo que le decía e intervino para añadir:
—Los que podrían ser legales y no lo son, ¿por qué lo hacen? ¿Para evadir el pago de impuestos?
Héctor, que no se perdía una palabra de lo que hablábamos, le contestó:
—Sí, yo diría que en un 90% así es. Por tanto la economía que está oculta incide directamente en las finanzas públicas, a más economía sumergida menos recaudación.
Olga intervino para decir:
—He leído que esta economía en España ronda el 23% del PIB, algo así como la escandalosa cifra de 208.000 millones de euros.
—Yo también he visto —contesté— esas cifras pero también hay estimaciones que hablan de un 30% del PIB. Los técnicos de Hacienda piensan que con la aplicación de un plan eficaz se podría reducir a un 13%, por lo visto esa es la cifra “aceptable” —hice un gesto con las dos manos para señalar que ponía comillas en lo que decía— y estaríamos a niveles de la Europa de los 15 en este asunto.
Mi amiga, que enlaza las ideas con gran rapidez preguntó:
—¿Sería bueno que el gobierno decretase una amnistía fiscal?
Miré a través de la ventana hacía la calle y dije:
—En general no estoy de acuerdo con las amnistías fiscales, eso es un blanqueamiento de dinero negro hecho de forma legal por las circunstancias del momento económico en que se vive. No me gusta, no lo considero ético. ¿Sabes en que consiste la amnistía fiscal? —le pregunté a Olga.
—Bueno… algo así aproximadamente —dijo acompañando sus palabras con un gesto de la mano.
—Mucha gente —proseguí— cree que la amnistía fiscal consiste en que no se paguen más impuestos o que haya un perdón generalizado de los mismos, pero no es eso. Cuando se hace una amnistía fiscal es porque el sistema necesita liquidez urgente y lo que se hace es una emisión de bonos u otro tipo de deuda pública a muy bajo interés e incluso a interés negativo pero a cambio se da la oportunidad, a los infractores, de legalizar el dinero negro sin más.
Ella, siempre inquieta, insistió:
—¿El dinero negro de cualquier procedencia se puede blanquear de esa manera?
Héctor me echó una mano contestando él:
—No. Mira, el dinero puede tener muy diversa procedencia y a la amnistía fiscal sólo puede acogerse el dinero negro que venga de empresas, particulares… pero no de tráfico de drogas o de armas, de pedofilia, trata de blancas, etc.
Olga frunció el entrecejo y comentó:
—Eso, ¿cómo se sabe que el dinero negro procede de un sitio u otro?
—¡Ah! —exclamó Héctor—. Eso lo saben rápido, lo “huelen” enseguida—hizo el gesto de tocarse la nariz— los inspectores de Hacienda o la policía especializada en blanqueo de capitales.
—Entonces, ¿la economía sumergida funciona con dinero negro? ¿Es así?
—Exacto —contesté yo— la economía sumergida es un fenómeno más pernicioso que la existencia del dinero negro en sí mismo. En ella los trabajadores no están asegurados, se carecen de los permisos pertinentes para el desarrollo de su actividad empresarial, no se cumplen los requisitos sanitarios ni las exigencias de Industria… Sin embargo el dinero negro puede generarse desde una actividad legal haciendo malabarismos contables, cajas B, fraudes con facturas, etc.
De pronto inquirió:
—¿En Andalucía como estamos respecto a este tema?
—¡Uf! ¿En Andalucía? ¡En Andalucía nos llevamos la palma! —contesto Héctor con rara sonrisa.
Crisol T.
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